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Fútbol, el punto de encuentro en La Magdalena

by Redacción Karoline.info

En este barrio del suroriente de Barranquilla, una cancha de fútbol se ha encargado de unir a diferentes generaciones, que “siempre” han jugado ahí.

Todos los que conocen de fútbol saben que jugarlo sobre tierra es casi que otro deporte. Y los que no saben, al menos entienden que con los baches la pelota corre más lento y que con el sol, que se levanta como un titán furioso sobre el terreno, hace más calor y, por lo tanto, el esfuerzo es mucho mayor. En el barrio La Magdalena, cuna de muchos de los talentos del balompié barranquillero, jugar sobre arena es más que 22 jugadores en una cancha. Para sus habitantes, vecinos y visitantes, todos los domingos no solo se juegan finales o picaditos inocentes; se vive una tradición, que los ha congregado por más de 60 años alrededor de la misma cancha.

En un domingo en la cancha de arena del barrio La Magdalena se vive una experiencia religiosa. Y sí, quizás relacionado con que es el mismo día de la resurrección y de la eucaristía, los futbolistas se levantan del suelo renovados, siempre enérgicos, dispuestos a seguir sudando, raspándose y jadeando para consagrarse unidos en el grito sagrado de gol. En el terreno de juego no existen los estratos sociales, las deudas ni los problemas. Cuando son once contra once, cegados parcialmente por el polvorín que levanta la brisa barranquillera, una patada es casi que un abrazo y un regate, una muestra de cariño.

Alrededor de la cancha, aguateros, mamás, esposas, tíos, primos y padres observan a sus familiares y amigos sufrir bajo el sol inclemente. A lo mejor en un acto de compasión, o de puro disfrute del sufrimiento ajeno, todos ríen y gozan, ambientados con la música que retumba de los picós de las calles cercanas. Ninguno de los que jugaron en La Magdalena la han olvidado, sobre todo –cuando dicen– que sigue igual que hace 60 años.

Mientras un grupo de cincuentañeros corría detrás de un balón Mikasa, de esos que pegan duro y dejan la marca en la piel, un anciano los miraba con felicidad de pie junto a un bordillo amarillo. Emocionado, como si estuviera listo para meterse a jugar, seguía con la mirada todos los movimientos del partido, que para mediados del segundo tiempo tenía ganando a uno de los equipos por la mínima diferencia. Como una regla universal, en La Magdalena se juegan dos tiempos de 35 minutos cada uno. En el primero, todos corren, meten y patean. En el segundo, se sufre, con el sudor corriendo por la frente y los calambres amenazando las piernas.

“Yo en mi época jugaba de mediocampista, de eso hace por ahí 60 años”, recordó el hombre, que cubría sus ojos con unas gafas oscuras. Hugo Romero, de pelo canoso y piernas delgadas, no solo añoró sus tiempos como futbolista, sino que también hizo memoria de cómo era la cancha de La Magdalena en aquella época, cuando el fútbol se jugaba a otro ritmo y de manera totalmente diferente. “La cancha sigue igual. La misma tierra, los mismos huecos y el mismo calor. Por acá nada ha cambiado”, dijo entre risas. “Venir a jugar a La Magdalena es una tradición. Esa tierra lo hace a uno más habilidoso”.

Y esa es una tesis que comparte su yerno, uno de los muchos cincuentañeros que, a diferencia de los que juegan, va a disfrutar del “mejor fútbol” de Barranquilla en esta cancha del suroriente. Para Jorge Vega, cuñado de uno de los jugadores en el terreno, “la tierra lo hace a uno mejor futbolista” y “entrega las habilidades necesarias para volverse profesional”. “Acá viene gente de todos lados a jugar. Eso es algo que siempre ha sido así”, dijo. “Mira al viejo”, contó al tiempo que señalaba a Hugo, “Él era un crack, de esos mediocampistas de antes”.

 

En el barrio La Magdalena, rodeado por los fanáticos del fútbol de Buenos Aires, Carrizal, La Unión, La Alboraya y El Limón, se congregan todos, cada domingo, para vivir -en paz- de la fiesta deportiva. Desde las 8:30 de la mañana, que es cuando rueda la bola, hasta las 2:30 de la tarde, familias enteras se reúnen en torno al fútbol, que no es más que una excusa para verse las caras de manera religiosa.

“Acá venimos hace muchos años, desde que tengo memoria. No solo vengo a apoyar a mi esposo, que está en la cancha ahora mismo, sino que también me gusta mucho el fútbol y aprovecho para vivirlo todos los domingos. La cancha de La Magdalena es tradición y esperemos que nunca cambie”, dijo Belquis Vizcaíno, madre de familia y espectadora. “Acá la pasamos bueno, en paz. Uno se toma su cervecita y escucha música. Todo siempre está tranquilo”, agregó.

Además del fútbol, la coyuntura de cada domingo permite que alrededor de la cancha también florezcan los negocios. En el caso de Miguel De la Hoz, vendedor de frutas y de un famoso patillazo, el hecho de que tantas personas acudan en masa a ver fútbol le ayuda a vender sus productos, aunque -indicó- cada vez vende menos. “Ahora nada más me gastó como cuatro patillas. Recuerdo que, en otra época, podía vender hasta $100.000 pesos en un día, ahora si me gano $80.000 es porque me fue muy bien”.

 

Para él, el problema recae en que cada vez menos personas consumen frutas, y -por ende- patillazo. “Yo no compito ni con las tiendas que venden cerveza ni con los carritos que venden jugo de borojó, que ahora lo envenenan y le echan plátano maduro para que rinda. Cada quien tiene su negocio, pero no hay nada más refrescante que un patillazo después de un partido con este sol y calor”, dijo entre risas.

En la cancha, la ventaja entre ambos equipos todavía era por un solo gol. Calvos, mechudos, gordos y flacos, los jugadores veteranos corrían por llevarse la victoria hasta el último minuto. El sufrimiento para el equipo ganador fue tal, que les tocó defender cinco tiros de esquina seguidos, en los que -con portero incluido, sus rivales intentaron igualar el marcador. Con el pitido final, que marcó el final del encuentro, los ganadores se fundieron en un abrazo de grupo, antes de darle la mano a cada uno de los perdedores. El árbitro, aprovechando la efusión del momento, aprovechó para secarse el sudor de la frente, antes de abandonar el terreno de juego.

Aplausos, risas, abrazos y sonrisas completaron la jornada en La Magdalena, una cancha que es más que una cancha. Un terreno de juego que representa a un barrio, a una comunidad de barranquilleros que viven con orgullo cada domingo: cuando jóvenes, adultos y viejos se reúnen en torno a un balón de fútbol y continúan -con sudor e ímpetu- los valores de una tradición.

 

FUENTE EL HERALDO

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