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El lío por la cuota de alimentación para un joven mayor de edad

by Redacción Karoline.info

Un joven con un ojo hinchado se ha ausentado del Sena o por más de ocho meses, por lo que su papá planea quitarle la pensión.

Las gafas oscuras de Kenny no le generaron mayores molestias a la hora de ver dentro del despacho. A pesar de que sus lentes eran bastante negros, como la tinta de los tatuajes que llenaban sus brazos, el muchacho asentía con tranquilidad mientras los dos abogados discutían frente a la juez de paz. Era de mañana, por lo que uno asumiría que los anteojos eran para protegerse del sol. Pero Kenny, de repente, los levantó para mostrarle a la mediadora lo morado e hinchado que tenía el ojo izquierdo.

Por su corte de pelo, un siete afilado que terminaba en cola de zorro, Kenny parecía un joven rebelde. Aspecto respaldado por sus tatuajes agresivos, con cruces y símbolos oscuros, que combinaban con su mirada fría. Habían pasado varios minutos desde que se sentó junto a su abogado y todavía no había pronunciado palabra. No las necesitaba.

Un año atrás, en octubre de 2018, ingresó al Sena a un técnico en Gestión Ambiental. Debido a la separación de sus papás y a un acuerdo logrado en una comisaría de familia, el padre debía consignar una cuota mensual para su manutención. Así pasaron los meses, sin mayores inconvenientes, hasta que el progenitor se extrañó de que su hijo llevara un periodo extendido sin asistir a clases.

Al ser Kenny mayor de edad, la ley colombiana dictamina que debe estudiar un mínimo de 20 horas semanales para tener derecho a la pensión recibida por su padre, que –desde hace meses– sospechaba que su hijo no estaba asistiendo a su técnico en Gestión Ambiental. Con el objetivo de reducir o eliminar el pago mensual, el abogado del padre acudió al instituto, en donde le confirmaron lo que ya pensaba: el hijo de su cliente llevaba ocho meses sin ir a clases.

Fue por eso, y ante la solicitud de su cliente, que el abogado citó a Kenny al despacho de la juez de paz Nidia Donado, quien les abrió las puertas de su oficina para dirimir el conflicto familiar. Kenny, bajo y delgado, llegó junto a su defensor, un hombre mayor de gafas y paso lento, y se sentaron junto al apoderado del padre, un hombre joven de tez morena.

“El joven que está aquí presente, que ya cumplió la mayoría de edad, lleva más de ocho meses sin estudiar, según comprobamos”

Esta era la segunda ocasión en que las partes fueron citadas. Para la primera, que iba a ser unos días antes, el joven había alegado que tenía un problema en el ojo, que le había surgido hacía una semana, y que no podía asistir. Ya para la segunda, a pesar de alegar que “seguía enfermo”, la juez de paz le pidió asistir –así, con su ojo hinchado– para que lo mostrara como prueba, si eso era lo que quería.

Y así fue. Engafado y con las manos en los bolsillos se presentó al despacho en el que se llevaría a cabo la audiencia de conciliación.

No pasó mucho tiempo hasta que el abogado del padre tomó la palabra, haciendo énfasis en que su único interés era reducir la cuota alimentaria o eliminarla de una vez por todas. Además, recalcó que el joven llevaba ocho meses sin estudiar, por lo que su cliente exigía una explicación inmediata ya que los pagos de su pensión se estaban haciendo de forma puntual.

Kenny guardó silencio mientras su abogado, raudo, intervino en la conciliación. El ambiente estaba tenso, como si en cualquier momento alguno de los presentes pudiera empezar a gritar. Con mucha calma, el defensor del joven pidió a la mediadora confirmar si, efectivamente, el otro hombre era el apoderado del hombre. Dando a entender que, en caso de no estar presentes las dos partes, se retirarían inmediatamente.

“Esto… ehmm… la hinchazón me salió hace una semana y ehm… cómo decirlo… acá también se me hinchó. Mire cómo tengo eso, doctora”

Poder en mano, con los sellos de notaría correspondientes, el abogado del padre de Kenny presentó sus credenciales para estar en la conciliación, por lo que el defensor del joven no hizo más que guardar silencio y escuchar su intervención. El jurista más joven, envalentonado por su reciente ‘victoria’, se pronunció ahora con una leve emoción, como si llevara un tiempo preparando sus argumentos.

“El joven que está acá presente, que ya cumplió la mayoría de edad, lleva más de ocho meses sin estudiar. En el sistema aparece inscrito más no cursando las 20 horas legales que dice el código del menor”, dijo el abogado, ante el silencio sepulcral de Kenny y su defensor. La jueza, por su parte, lucía interesada en las palabras del hombre, que esperó unos segundos antes de continuar con su intervención.

El abogado del padre de Kenny sacó unos papeles, en cuya parte superior izquierda aparecía el logo del Sena. En ellos –argumentó– aparecían los registros de asistencia del joven y los documentos que le habían entregado en los que explicaban la ausencia a sus clases. “Él tuvo problemas allá, por eso es que no ha asistido. Eso fue lo que me dijeron las de recursos humanos”, anotó el hombre.

Constipada, la juez de paz miró a ambas partes en búsqueda de una señal de conciliación. Los dos abogados estaban casi que en llamas, lanzando argumentos a diestra y siniestra. Uno, a favor y el otro, logicamente, en contra. Kenny, por su parte, permanecía callado, oculto en sus gafas oscuras y cruzado de brazos.

“¿Y ustedes preguntaron si el joven está bien o si ha tenido algún problema de salud?, preguntó al abogado la juez Donado, sentada en frente de las partes citadas. “A diferencia de la justicia ordinaria acá nos preocupamos por lo humano. Yo no puedo llegar a fallar o a dictaminar algo sin escuchar ese tipo de detalles, y a partir de ellos determinar qué se puede hacer”.

El apoderado del padre emitió un sonido cortante, como de un reclamo. “Pues no ha ido a clases, ¿qué enfermedad puede tener que le haya durado tanto tiempo?”, preguntó. “Además… ya perdió el cupo en el Sena por no asistir”.

Fue ahí, cuando su enfermedad se convirtió en el centro del debate, que Kenny se levantó de su asiento. De repente, el joven que había estado callado se puso de pie, quedando casi que a la altura de los otros dos sujetos en sus asientos. Todavía llevaba sus gafas oscuras, pero rápidamente se las levantó sobre su cabello, revelando sus ojos y la hinchazón que tenía en el izquierdo.

Cuando reveló su rostro, que permanecía casi que escondido debajo de los anteojos, el joven le señaló a los presentes lo rojo e hinchado que estaba su ojo. Según contó, padecía de un dolor en la zona desde hacía un tiempo, razón por la que no había podido asistir a clases. Tartamudeando y nervioso le explicó su situación a la juez, que escuchó atenta las declaraciones del joven.

“Esto… ehmmm… me salió hace una semana y… ehm… cómo decirlo… acá también”, dijo Kenny con voz baja y sin fuerzas. El joven volvió a sentarse.

“Bueno… bueno…”, lo interrumpió el abogado de Kenny. “Nosotros hemos asistido a este espacio conciliatorio al cual nosotros no hemos venido a conciliar. El joven está estudiando, pero tiene ese problema en la vista. La verdad… esto es un proceso en el que la competencia la tiene la justicia ordinaria”, añadió.

El hombre, alzando la voz, manifestó además que el padre del joven “siempre había intentado retirar la cuota”, incluso cuando Kenny era menor de edad. “Si el señor no quiso y no quiere cumplir con su deber de padre se le puede embargar. Aun siendo él mayor de edad la ley lo cobija. Lo que tengamos que demostrar lo haremos, pero esto lo llevaremos a la justicia ordinaria”, dijo el abogado.

“¿No van a conciliar entonces?, preguntó la juez Donado, que veía como el caso se escapaba de sus facultades como mediadora. Todos, de brazos cruzados, negaron con la cabeza: un gesto más que diciente. Kenny y su abogado se pusieron de pie, al tiempo que se despidieron con formalidad de la juez.

“Siendo así… el requisito que a mí me pedían en la comisaría de familia era que intentara conciliar. Ya que no se pudo, pues seguiremos ese camino entonces”, dijo el apoderado del padre, que también abandonó el despacho. La disputa por la pensión de Kenny, que sigue sin estudiar, tendrá que resolverse en otra instancia, pues ambas partes se negaron rotundamente a negociar.

Al parecer, según manifestaron, presentarán sus partes ante una comisaría de familia, aun cuando la justicia de paz y restauración les ofreció las herramientas para conciliar. Después de la audiencia, pareció que ambos acudieron más por un requisito que por tener ganas reales de solucionar el conflicto, en el que -como contaron- llevan varios años en disputa.

Así las cosas, la juez Nidia Donado se despidió de ellos, pues había otros casos en espera que debía atender. Su secretaria, atareada, le llevó a su escritorio el acta de conciliación, el cual tuvo que ser diligenciada con la negativa de que ambas partes no quisieron negociar.

FUENTE: EL HERALDO

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